domingo, 7 de abril de 2013

Post Partido SD Ponferradina vs UDLP


Todos hemos asumido que el nivel de juego exhibido por los de Lobera en aquel partido inaugural en Santander fue un "shakesperiano" sueño de verano, y que aquel nivel de creación y fútbol asociativo de altos quilates no son, de momento,  para esta plantilla. Olvidándonos de la idea original nos habíamos acostumbrado a la versión evolucionada, nos aferrábamos a lo visto ante el Girona: un equipo de vértigo que galopaba al gol, que trasladaba la redonda de área a área, box to box como dicen los británicos, con rapidez inusitada aferrándose en estiletes por la banda y la calidad de los delanteros. 

Poco tiempo ha pasado desde el 5-2 al Girona y parece una eternidad. Aquel fútbol veloz se evaporó para dar paso a una UD más grís, opaca, pesada de digerir, jornalera, pero altamente efectiva y con un rasgo que jamás cambia: ciento por ciento comprometida. Porque, incluso en los peores días como ayer, donde no se lograr elaborar un fútbol potable, la cuota de trabajo, compromiso y sacrificio de esta plantilla sigue siendo la misma: alta, altísima. Y sólo así se logra empatar al Villarreal, ganar en Almería, aguantar los embistes del Barça B, Castilla o Sabadell. De los arranques de casta, de coraje  de esa mezcla de rabia y fe, emana el gol de Thievy. Un grito al cielo en una semana harto complicada para la entidad por el "Caso Guadalajara".

Lo malo es cuando, como en los minutos finales del Girona, el equipo se laxa, pierde tensión competitiva y se acomoda. Es entonces cuando toda la credibilidad, justamente ganada, cae por la borda como la semana pasada en el Gran Canaria. Y ahora, tras la victoria de ayer en Ponferrada, se es más consciente de lo grosera y gravosa que fue la derrota ante el "Guada". Sin ella , si hubiese ganado, la UD Las Palmas hubiese dormido en puestos de ascenso directo: palabras mayores.

La euforia de la victoria, del gol postrero, superlativa muchas cosas, pero es de justicia reconocer que no estamos en nuestro mejor momento, que la maquinaria anda a marchas forzadas, que el caudal fútbolístico mengua y que toca beber de otros afluentes. No abogamos por cambios caprichosos ni jugadores ni de sistemas. Aunque hay casos tan evidentes que, hasta al propio Lobera, duele reconocer. No queremos culpabilizar, ni centrar el debate en nadie en particular para es tan destacada la baja forma de un Momo que no desborda, que no se asocia correctamente, que no asiste ni golea, a pesar de que aprieta, trabaja y defiende. Su cambio en el descanso es un mensaje claro de Lobera, un cambio con 45 minutos de retraso. 

Estando en la recta final hay que administrar correctamente los esfuerzos y los recursos que se dispone. Somos afines al #Loberismo, los números y la estadísticas respaldan al técnico amarillo, valoramos su trabajo, agradecemos su estilo y su discurso, aunque hay ocasiones que añoramos otras variantes tácticas. Se confía mucho en las aptitudes de este equipo o, por el contrario, se podría decir que se infravalora algunas que rumian su oportunidad en el banquillo. Hay veces que el equipo se vuelve previsible porque, a pesar de que algunos los han querido ningunear, Lobera ha dotado al equipo de una señas de identidad claras, ha marcado un estilo reconocible y efectivo, pero no infalible. Y hay ocasiones que toca realizar pequeñas revoluciones programadas, ensayadas y entrenadas, buscar el fáctor sorpresa, derribar los esquemas del contrario, inutilizar los planteamientos del rival. A través del juego, de la versatilidad, dentro de nuestra limitaciones somos capaces, sin mermar la cultura de esfuerzo y compromiso adquiridos, seguir creciendo para continuar ganando.

La próxima semana ante el Hércules tendremos otro calco del encuentro ante el Guadalajara: un equipo que se bate entre la vida y la muerte. Al frente un viejo conocido como Portillo, con el olfato de gol recuperado, ansiará reclamar lo que en el Gran Canaria se le negó. El Hércules cerrará espacios, esperarán nuestros errores, apurarán las segundas jugadas, una historia que nos suena muy familiar. Será otra jornada de previsible fiesta en el Estadio de Gran Canaria, otro día del Abonado con el que se espera poblar las gradas de unos aficionados con sed de victoria tras la derrota de la semana pasada, una afición a la que los jugadores inesperadamente les debe una victoria tras todo lo que han otorgado esta temporada. Cosas del fútbol.





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